¿Sería esto el recuerdo de movimientos anticuados, poco científicos, sectarios, buenos para los tiempos en que la medicina facultativa estaba representada por personajes que ocultaban, bajo su aire pontifical, la ignorancia de la ciencia de entonces, prescribiendo pociones repugnantes, complicadas, misteriosas e ineficaces, llenas de ingredientes con nombres latinos; el tiempo de las repugnantes purgas, de las cataplasmas, de los vejigatorios y de las puntas de fuego?
«¿No es anacrónico —se dirá— dejar actuar a la Naturaleza, cuando la ciencia realiza tantas curas y ha conquistado un dominio tan sorprendente de la propia Naturaleza?»
¡Todos conocemos tal lenguaje y la verdad que contiene; pero ése no es el único lenguaje de nuestro tiempo!
Están también los hechos que alarman a los médicos de espíritu verdaderamente científico, al punto de que una gran revista médica ha consagrado a ello un número monográfico, y hay otra revista semanal dedicada a reseñar los riesgos de la terapéutica moderna.
Ahí está la Seguridad Social, desmoronándose bajo el costo de los tratamientos. Ahí están las voces que se elevan por todas partes para alertar sobre los peligros de la química alimentaria y agrícola.
Ahí está, ante el entusiasmo por toda nueva droga, el sinnúmero de las que se ensalzaban hace veinte años y que se han abandonado, lo que hace pensar que la mayor parte de las prescripciones de hoy aparecerán tan ridículas, dentro de varios lustros, como las de hace cuarenta años.
Ahí están el enfermo, o su familia, insatisfechos y frustrados, esperando de su médico algo más que el nombre de una enfermedad y una receta.
Pero las críticas negativas no hacen más que inquietar al espíritu médico inseguro y confundir al público; no producen más que malestar, temor y desconfianza. Es aquí donde el método natural propone una doctrina y ejemplos positivos.
¿En qué consiste?
Se trata de un método, es decir, de una manera de abordar la realidad humana para comprenderla e interpretarla a fin de actuar sobre ella. Comprenderla es explicarla; interpretarla es reconocer su sentido; actuar sobre ella es el tratamiento. Son, pues, una epistemología, una semántica y una hermenéutica que conducen a una terapéutica.
A cualquier disciplina del espíritu que se aplique, un médico está siempre inspirado por un principio fundamental que es su criterio acerca de la verdad. Toda revolución en uno de los campos de trabajo del espíritu humano está ligada a la puesta en marcha de un cambio de método, por tanto, de un nuevo principio director, sea ese cambio la causa o la consecuencia del descubrimiento que revela un aspecto original de lo real. Descubrimiento que puede ser un redescubrimiento.
El criterio del método natural es el respeto a la Naturaleza. Y la palabra Naturaleza tiene aquí varios sentidos, como la noción de Naturaleza, varios aspectos.

  

1. HIPÓCRATES, como ARISTÓTELES después de él, denomina physis a la fuerza propia de la vida. Como la palabra latina natura, la griega physis tiene en su etimología la idea de nacimiento, es decir, esa característica de los seres vivientes: reproducirse y constituirse.
El respeto de la vida es, así, la confianza en el poder de organización, de sinergia, de adaptación, de defensa, que une las propiedades específicas del viviente, y que se manifiesta tanto en la salud como en la enfermedad; por eso la medicina antigua la designa bajo el término de natura medicatrix.
La perspectiva del método natural es, pues, resueltamente finalista. Que la finalidad de los procesos en el seno del ser, en los hechos, es una característica de la vida, lo afirman muchos biólogos contemporáneos, por poco dispuestos que estén a ver allí un plan providencial. Vuelven a encontrarse la palabra y la noción bajo la pluma de un biólogo como CUENOD, de un zoólogo como CAULLERY, de un genetista como GUYÉNOT, de un anatomista como ROUVIERE. La homeostasis, como la ha definido CLAUDE BERNARD, el conjunto de acciones que mantienen la constancia del medio interior, es la expresión de ello.
La medicina natural busca comprender, interpretar, seguir y ayudar a esa obra de la naturaleza hasta cuando su exuberancia obliga a corregirla, con respeto, es decir, con admiración: no se somete a la naturaleza más que obedeciéndola.
Aquí se legitiman las concepciones de la semántica generalizada: ¿cuál es el sentido de esta enfermedad?; ¿qué expresan estos síntomas? Eso es lo que busca el método natural.

2. La palabra Naturaleza tiene también un sentido cósmico. Significaba para los filósofos antiguos el conjunto de seres y de cosas, y es, en suma, sinónimo de mundo. Es ésa la significación que se le da cuando se habla de la contemplación de la Naturaleza en una noche estrellada. Pero en nuestro idioma el espectáculo es el del mundo terrestre, o más bien, puesto que depende estrechamente de la energía solar, el del mundo planetario. En ese sentido se habla de las «ciencias de la Naturaleza», las cuales contienen a la vez todas las ciencias biológicas y las del medio donde vive y evoluciona el mundo de los seres vivientes. Así, la geología, la meteorología y la paleontología forman parte de lo que se llama «ciencias naturales».
En esta proyección, lo que es natural se opone también a lo que es artificial, en particular, a la vida de las ciudades; el vocablo se hace casi sinónimo de campiña, es decir, de un medio en el cual el orden original del terreno no ha sido anulado, aunque sea ciertamente diferente del estado salvaje, pues nuestros medios rurales están profundamente modificados por la agricultura, la ganadería y las edificaciones.
Entre la naturaleza en nosotros mismos y la Naturaleza que nos rodea hay, por otra parte, una correspondencia, una armonía, como si cada una estuviese hecha para la otra, en el orden de la creación. Es evidente que cada especie animal o vegetal encuentra lo que le permite prosperar en plena salud en el medio y el género de vida para los que está condicionada y que la han hecho ser lo que es. No puede adaptarse más que parcialmente, a veces de modo progresivo, otras provisionalmente, a un medio y a un modo de existencia diferentes. Hay una relación entre la armonía interna, psíquica y corporal de cada ser y la de su relación con el universo. En este sentido, GEORGES HÉBERT ha empleado el término método natural, que es la reproducción, en las lecciones de la educación física, en los ejercicios, de las condiciones de aireación, de exposición a la luz, al agua, al calor y al frío correspondientes a lo que han sido los de la especie humana durante miles de años, cuando debió vivir, nutrirse y defenderse en plena Naturaleza.
Es verdad que la prodigiosa adaptabilidad de la especie humana, la más adaptable de todas las especies animales, le permite subsistir en condiciones muy variadas; pero cuando éstas se alejan demasiado de las condiciones naturales, ocasionan, si no la muerte inmediata, por lo menos, a plazo más o menos largo, la enfermedad o la degeneración. El hombre puede soportar largo tiempo el encierro, la oscuridad, el sedentarismo, el trabajo excesivo, las carencias y los excesos alimentarios, la intoxicación alcohólica y la irritación de las mucosas por el tabaco; esos modos de vida pueden hacerse costumbre, una segunda naturaleza, y crear instintos artificiales más imperativos que los naturales; mas no por eso dejan de llevar a algunos sujetos, y a razas enteras, a la enfermedad y la degeneración.
Ahora bien, el creciente poder de la ciencia y del ingenio humano, el desarrollo de una civilización industrial y urbana, la eficiencia, que parece ilimitada, de las técnicas racionalistas, tienden a crear un universo artificial, mecánico, químico y físico que aleja cada vez más la vida humana de sus condiciones ancestrales y naturales; así se destruye la multimilenaria armonía entre el ser y el mundo.
El mejor, el más seguro, el verdadero medio de restablecer esa armonía, que es la salud, en el sentido positivo y constructivo del término, y de reforzar la resistencia y la fortaleza del ser es, pues, recurrir a la fuente de la vida, es decir, a la naturaleza, reconstituyendo, por lo menos temporal o parcialmente, la inmersión en ella.
Esto incluye el conocimiento, es decir, el estudio de todo un conjunto de órdenes de la realidad, de los que citamos los principales:
1. Las formas verdaderamente naturales de la existencia, en primer lugar en lo concerniente a la alimentación —selección, cantidad, proporción, calidad, cultivo, conservación, composición, preparación y presentación de los alimentos—, la airea¬ción pulmonar y cutánea, la luz, el ejercicio y el reposo —incluido el sueño— y el aseo —por ende, la preservación contra los parásitos y los microbios.
2. Todo lo que altera las condiciones ecológicas, los efectos de sus alteraciones y los modos de evitarlos y remediarlos.
3. Los medios humanos, naturales, antiguos y nuevos; las relaciones humanas, familiares, universitarias, sentimentales, conyugales, amistosas, profesionales, comuni¬tarias y sociales de todas clases, con todo lo que eso representa de elementos afectivos y emocionales, sin olvidar el hecho religioso, con su riqueza humana y su influencia profunda, positiva o negativa.
4. El ser humano en general, las diversas categorías de seres humanos y cada ser humano en particular, en su estado presente, con su pasado y sus posibilidades de porvenir.
5. La anatomía, la psicología, la química biológica, la producción agrícola, la industria alimentaria, la cocina, vistas desde esta perspectiva, así como las alteraciones que la enfermedad ocasiona en las funciones estudiadas por todas estas ciencias; es decir, todo un mundo para cada una de ellas, pues cada una es un mundo.
6. Las alteraciones, los peligros y los deterioros que trae anejo todo lo que influye sobre las posibilidades, los comportamientos y las personas humanas: riqueza o miseria, ciudad o campo, situación social —directiva, independiente o proletaria—, sedentariedad o sobreesfuerzo, prejuicios o sugestibilidades, envidias y fobias, impulsos e inhibiciones, tensiones e inercia, motivaciones ocultas y enmascaradas, deseos o temores; todo ello, formulado o no.
7. No todo es conocer ciencias; hay que tener un conocimiento de la Naturaleza como tal, es decir, una ciencia vivida, práctica y afectuosa, que englobe los meteoros, los climas, los sistemas cósmicos, las plantas y las bestias salvajes y domésticas, los cultivos o, simplemente, la jardinería.

3. El tercer sentido de la palabra naturaleza, cuando se habla de método natural, se aplica a los medios naturales de acción, a los cuales esta terapéutica concede su preferencia y su confianza, porque ellos son, a la vez, funcionales y potentes. Corresponden a las necesidades y a las funciones del ser; son sacados de condiciones de vida naturales, que reconstituyen o imitan. Los grandes agentes terapéuticos son el agua, la luz, el calor, el frío, el ayuno y el alimento.
Este último es, ampliamente, el principal. HIPÓCRATES ya lo había visto en el siglo de PERICLES: «Las investigaciones sobre el régimen son uno de los objetivos más her¬mosos de la medicina» (Tratado del régimen en las enfermedades agudas).
Junto con el conocimiento de la helioterapia, de las técnicas de aireación cutánea y pulmonar, de la gimnasia, de los deportes, de la cinesiterapia, de las formas de reposo, del ayuno y su ruptura, el médico debe conocer los efectos de los diferentes alimentos y de diversos regímenes, en el estado de salud y durante las enfermedades, y debe saber adaptar sus posibilidades de acción a cada persona, a cada condición y a cada momento.
De todos esos factores de tratamiento hay que conocer su valor, sus indicaciones y contraindicaciones, los modos de empleo, las dosis, etc. Esta parte de la terapéutica es más esencial en los estados agudos que en los crónicos; por lo general, es suficiente y sumamente eficaz. Hay ahí un mundo de técnicas terapéuticas, un mundo de ciencia y de intuición, todo un arte, en suma, pues la armonía del conjunto y los matices de detalle hacen que la cura tenga éxito o fracase.
Esto no quiere decir que haya de despreciar o temer a los grandes descubrimientos de la terapéutica química, física o quirúrgica. Es solamente reconocer que esos tratamientos muy rara vez están indicados, muchas veces son inútiles, en general, contingentes y temporales, siendo el tratamiento natural esencial y permanente. El discernimiento del sentido de los trastornos y de la enfermedad es lo que determina el tratamiento: significación que, por otra parte, en general, no es sólo corporal, sino parcialmente, y muchas veces también fundamentalmente psíquica.

4. Hay, en efecto, un cuarto sentido de la palabra naturaleza, por el cual el método natural merece su calificación. Ese sentido designa a la naturaleza humana en su totalidad, a la vez, corporal, anímica y psíquica. En verdad, todo ser está comprometido en la enfermedad. Sin lugar a dudas, en los dos extremos hay enfermedades cuya causalidad, los síntomas y el tratamiento son casi únicamente psíquicos, y otras cuyos síntomas y causas son, en gran medida, corporales, ligados, por ejemplo, a traumatismos, a infecciones epidémicas y a las perturbaciones de los mecanismos químicos del cuerpo. Aun esto, jamás es absoluto; muy raras son las primeras que no traigan algún padecimiento al cuerpo; algunas tienen su causa en él. Ninguna de las segundas deja de afectar a la vitalidad, de ocasionar padecimientos, de repercutir sobre la aptitud para el trabajo, ni de ser de algún modo dependientes del temperamento, del estado psíquico y de la vida social. Sobre todo, están los llamados procesos psicosomáticos, cuyos síntomas corporales expresan, esconden o reemplazan una angustia que, en sí misma, depende de una tensión insoportable de orden afectivo —deseos, fobias, agresividad, sentimiento de humillación y de culpabilidad—, disfra¬zándose así de enfermedades dramáticas y aparentemente incurables, cuando no mediante la sustitución de una afección por otra.
El tratamiento de tales trastornos —pero, en verdad, cualquier terapéutica—incluye, especialmente, una parte de psicoterapia. De hecho, toda relación de acción mental entre enfermo y médico implica una forma de psicoterapia, un tanto esbozada, más o menos importante, en cierto modo evidente, más o menos hábil, benéfica o maléfica; por lo que importa que el médico tenga conciencia de ello.
Cuando una realidad emocional ocupa un lugar importante en la génesis, en la persistencia o en las consecuencias de una enfermedad, el tratamiento de ésta admite una forma y otra de psicoterapia. Este es, consciente o inconscientemente, un acto de verdadera medicina. El médico debe, pues, conocer las indicaciones y las diversas técnicas psicoterapéuticas para saber elegirlas y aplicarlas o bien confiar el tratamiento a un especialista. En todo eso, no sería clarividente si no conociera antes sus propias reacciones y motivaciones. Además, para poder orientar a los pacientes hacia una u otra técnica psicoterápica o disuadirlos de ella, hay que contar con una experiencia personal.
En resumen, el médico debe conocer bien el uso deplorable, y hasta peligroso, que los sujetos afectados de neurosis obsesivas pueden hacer de restricciones dietéticas, en las que quieren ver lo esencial del método natural y al cual incorporan su neurosis.

Uno de los aspectos de la naturaleza humana es su realidad social, que establece entre los seres de todo grupo, permanente o fortuito, un entrelazamiento de relaciones recíprocas, de tensiones positivas o negativas. Toda enfermedad y, por tanto, toda cura significan la puesta en juego del medio social. El médico puede, en ciertos casos, prescribir la psicoteraia de grupo o aconsejar que se recurra al psicodrama terapéutico. En todo caso, lo quiera o no, tiene la responsabilidad de tomar conciencia y hacer que el enfermo la tome, a fin de inducirle a que siga ese camino de las implica¬ciones sociales de su enfermedad. Estas son también una ciencia y una experiencia que forman parte del método natural.
El concepto de naturaleza, ya que, de hecho, no contiene en sí la idea de creación, se presta a que se le den diferentes sentidos según las perspectivas filosóficas o religiosas en que se asienta.
Para unos, la naturaleza es la realidad material donde reina el determinismo fisicoquímico; el hombre, que de ella forma parte, la percibe por sus sentidos, la comprende por su razón y la conoce, la explota y la corrige por la ciencia y la técnica, en pro de su bienestar económico —pues él mismo no sería más que materia, puesto que no tendría otra esencia—. Desde el punto de vista religioso, esta concepción tiende al ateísmo, y, políticamente, a la planificación racional, de la cual el comunismo es su forma total. En medicina, inspira, conscientemente o no, la medicina técnica y socializada.
Para otros, la naturaleza es, por el contrario, el flujo de las fuerzas elementales, irracionales, en las que la intuición y el instinto, por una especie de comunión entre ellas, perciben la realidad, mientras que la razón, con sus categorías rígidas, no se adapta a lo que es móvil. Desde el punto de vista religioso, esta concepción tiende al panteísmo o al ateísmo nietzscheano; moralmente, al libre desarrollo del instinto; políticamente, a la anarquía; médicamente, al naturismo fanático y nudista, o a la búsqueda de toda clase de exaltaciones.
Deísta, con J. J. ROUSSEAU, la idea de naturaleza se opone a las de sociedad y civilización; aplicándose tanto al mundo terrestre como a la naturaleza humana, glorifica la naturaleza virgen y bienhechora y al pretendido «buen salvaje», animado de buenos instintos. En moral y en medicina se une a la tendencia precedente.
Para otros, la naturaleza es la proyección de las apariencias engañosas que forman el espíritu del sujeto pensante, única realidad en la cual el mundo y Dios son inmanentes. Tal es la tendencia de las religiones indias y de la Christian Science. Para el budismo primitivo y para SCHOPENHAUER, la Naturaleza no es más que una ilusión, ni siquiera es cuestión de Dios. El ideal moral tiende al desprendimiento. La medicina se reduce sólo al tratamiento mental.
Para otros, también, el espíritu humano libre y la naturaleza determinada son dos realidades de esencias diferentes; la primera, capaz de conciencia moral; la segunda, más o menos reconocible en sí, según las filosofías. En el terreno religioso, esta concepción tiende al deísmo; políticamente, ha inspirado el liberalismo y el radicalismo; moralmente, el liberalismo; médicamente, la práctica hoy ya tradicional.
Para otros, aún, la palabra «naturaleza» se confunde con la idea de orden providencial: lo que se ha organizado y subsiste ha hecho sus ensayos. Es prudente respetar lo esencial, conformándose con mejorarlo. El mal es el efecto de las pasiones desordenadas que perturban ese orden tradicional; la religión es lo que tiende a refrenarlas. Políticamente, esta concepción anima a los partidos conservadores, y entre los economistas, a los fisiócratas (physis significa naturaleza). Moralmente, esta concepción inspira al tradicionalismo y al patriarcado. Médicamente, instala a los médicos en una especie de paternalismo.
En la terminología escolástica, la palabra «naturaleza» se contrapone a veces a la palabra «sobrenatural». No se aplica aquí al mundo, sino a la naturaleza humana —a lo que es el hombre por nacimiento— mutilada por el pecado original, es decir, que no. tiene las facultades restauradas, ni completadas por la gracia. Moralmente, esta concepción conduce al ascetismo —habrá que domar y debilitar la naturaleza, que, por estar dañada, es mala—; políticamente, tiende a la teocracia; médicamente, puede llevar al desprecio del cuidado del cuerpo —por tanto, al rechazo de la medicina, al menos de la higiene malentendida.
Puesto que llegamos a la teología bíblica, notemos que la palabra «naturaleza» (physis) se emplea muy pocas veces en el Nuevo Testamento. De las cuatro ideas correspondientes a la palabra «naturaleza» que hemos definido a partir de la página 3, la tercera —beneficencia del medio terrestre— no se ha nombrado porque se sobren-tiende, para un pueblo de cazadores, después de agricultores, y se confunde con la magnanimidad divina, inalterable a pesar de la ingratitud del hombre. La cuarta, unicidad del ser humano, está implícita en todas partes, pero siempre concebida con relación a Dios. La segunda idea, el Universo, ha sido designada con la palabra creación, y la primera, la individualidad instintiva del ser viviente, por la palabra carne. En la proyección de esta tradición apostólica, una y otra están radicalmente falseadas por el orgullo humano, y no pueden cumplirse más que por una nueva creación, cuya causa, medio y fin, son el amor.

Resumiendo aquí todo lo que contiene un método natural en medicina, toda la ciencia y la clarividencia que reclama al que quiere consagrarle su vida, esperamos demostrar que es una disciplina a la vez rigurosamente científica y altamente humana, que merece, por lo menos, ser tomada en serio. La medicina de nuestro tiempo se enfrenta así con una cuestión fundamental, que encuentra resonancia en la que ella misma se plantea y que inquieta a sus mejores espíritus.
¿Cómo es que principios tan evidentes encuentran tan pocos oídos y a veces tanta oposición? La respuesta a esta pregunta está en el análisis de los motivos que los hacen ser desconocidos para tantos médicos, rehusados por tantos pacientes, combatidos a menudo por los que rodean a los que de ellos se sirven. Debemos distinguir aquí, por una parte, los motivos de rechazo por principio, concerniente a toda clase de reglas de higiene como medio de cultivar o recobrar la salud, de preferencia a los tratamientos farmacéuticos o mutilantes; por otro lado, la aversión con respecto a tal o cual recomendación o prescripción ligada al método natural.
La admiración por la ciencia moderna, la boga de las novedades, la vanidad de estar al corriente, la atracción de la última moda, son formas de la ingenua religión del progreso. Esta creencia no permite ya discernir lo que es permanente, arraigado en el origen del ser humano, conforme a su naturaleza y ligado a la naturaleza entera; ella se persuade de que la ciencia de las leyes del mundo da a la razón humana el poder y el deber de rehacer este mundo. El dominio de la razón sobre el cuerpo humano, a la vez que sobre el universo material, da nacimiento a una cantidad creciente de técnicas químicas, psíquicas, biológicas, y les confiere un poder cada vez mayor. Nuestro contemporáneo está, en cierto modo, tan convencido que pone toda su confianza en esos milagros parciales e inmediatos, demuestra al respecto ausencia de espíritu crítico, se indigna de que uno dude en aceptarlos y no comprende que se los considere muchas veces despreciables, si no peligrosos, olvidando que la novedad de hace treinta años, tan desdeñada hoy, tuvo entonces la misma boga.
¿Qué es lo que, psicológicamente, empuja a ciertas gentes más que a otras hacia esta religión de la novedad científica? Un sentimiento de inseguridad en medio de la creación. En su espíritu, la Naturaleza ya no es una buena madre; es una mala madre. Ningún padre la gobierna. El ser humano se encuentra abandonado en ella. Está perseguido por su viejo terror del abandono paterno y materno, en un universo impersonal, donde sólo reina el azar y que hormiguea de peligros. Cree que constante-mente debe alcanzar algo para combatir y exorcizar a los poderes hostiles, y no hay gran diferencia entre la dependencia del salvaje respecto a la brujería con sus fetiches, y la del civilizado respecto a la ciencia médica, con su farmacia y sus aparatos. La inseguridad empuja a intervenir sin cesar de forma presurosa y tensa. Una vigilancia temerosa permanece siempre en estado de alerta.
La serena confianza en la obra bienhechora de la vida, el buen sentido firme ante el riesgo, la paciencia y un poco de sufrimiento con respecto a los malestares, provocan, en ciertos medios, pánico y hasta indignación.
Otras veces, es en el universo social donde uno teme estar solo, o vituperado, es decir, abandonado. Embarcarse en un género de vida que apenas sea un poco diferente del de la sociedad en que se ha vivido; no comer, ni beber, ni fumar, ni vestirse como todo el mundo, priva al individuo de la seguridad que da la conformidad con los usos y prejuicios de clase (mundana, media, campesina o proletaria).
Se podría pensar que el espíritu religioso encontraría de buen grado una forma sana de disciplina y hasta de ascetismo en la observancia de las reglas de salud. Pero puede suceder lo contrario, y es un cierto espíritu religioso el que a veces pone la barrera. En primer lugar, por espiritualismo absoluto: el cuerpo, no siendo más que apariencia, no merece que uno se interese por él; hay que ocuparse lo menos posible de la alimentación, de la bebida, del ejercicio, del reposo; y, estando enfermo, hay que poner toda la confianza solamente en la curación espiritual.
Por otro lado, un cierto espíritu ascético considera el cuerpo como un esclavo de mala voluntad, dispuesto a hacerse exigente y que debe ser dominado. Su sufrimiento es merecido, y todo el esfuerzo que se le imponga, que violente sus deseos, eleva el alma. «Camina o revienta», dice esta religión, que se siente heroica con una especie de alegría, de orgullo y de ferocidad. ¡Se vanaglorian de comer cualquier cosa, de endurecerse a todo, de considerar toda debilidad como cobardía! El fruto es, a veces, un espíritu y un corazón impenetrables a toda realidad que discuta ese sistema desequilibradamente voluntarista.
En oposición a esas tendencias, hay —mezclándose a veces curiosamente— ésas que parecen ser inversas: la sensualidad glotona y el desorden soñador. La primera puede parecer ser un simple rasgo de carácter corporal, que no tiene dimensión de fondo psicológico, ¡grave error! No se trata sólo de una especie de exuberancia corporal. El carácter imperioso, obnubilante, del apetito sensual significa que compen¬sa una avidez más profunda, o bien manifiesta una inquietud que se ignora.
La incapacidad de adoptar ninguna regla parece todavía más un rasgo innato de carácter, puesto que se inscribe en la palma de la mano y en la escritura. Solamente la exageración de una capacidad de fantasía es sana, porque manifiesta la espontaneidad y, por tanto, la vida, mientras que la necesidad de encerrarse en reglas rígidas, con terror de todo lo imprevisto, tiene un carácter neurótico. Pero cuando la fantasía es incoercible y desordenada, cuando la impulsividad, la sugestibilidad y la inestabilidad son imperativas, cuando hay una verdadera fobia a toda idea de disciplina, que se identifica con la obligación, significa que los motivos neuróticos se han amparado en el rasgo de carácter, para sujetar el alma a su temor de servidumbre.

Un estudio análogo al que no hemos hecho más que esbozar podría aplicarse a los motivos de abandono de los tratamientos higiénico-dietéticos. Ciertos sujetos sufren cuando tienen que hacerse notar; otros invocan dificultades prácticas -obligación de comer en un restaurante, vida de internado, laboriosidad de las tareas en la cocina—; otros, la necesidad, a menudo real, de alimentación sabrosa y variada —que el médico debería haber previsto—; algunos, su aislamiento cuando una enfermedad sobreviene lejos del médico de su confianza.
Además de la razón invocada —difícil de conocer, pues el paciente desaparece desde que da la espalda a lo que representa para él el médico—, hay motivos que pueden descubrirse cuando, después de haber abandonado, el enfermo vuelve y no puede dar con la razón que le había alejado. La sugestibilidad parece, a menudo, explicar cómo se ha ejercido tal influencia contraria en el medio que rodea al paciente. Pero ella misma, ¿qué significa?
Hay infinidad de causas: una relación afectiva; muchas veces, una necesidad de evasión, que tanto puede ser una reacción sana como tener un fondo neurótico: la conexión entre las disciplinas higiénicas y las de la vida sexual; el deseo de liberarse —hacia la adolescencia— de la influencia opresora de una familia rígida, o hasta sentimientos ambivalentes con respecto al médico. Muchos ejemplos ilustran esto.
En la adhesión que damos a tal o cual doctrina, las razones de certeza lógica ocupan, en verdad, un lugar importante. Tenemos en cuenta su conveniencia con lo que ya hemos aceptado en nuestro pensamiento; o bien, al contrario, la adopción de un nuevo principio que se impone por sus pruebas o su evidencia interna trae la revisión, la vuelta a la duda de lo que habíamos admitido antes, y nuestro pensamiento se pone en movimiento hasta encontrar dónde posarse y construir un todo coherente.
Así es teóricamente, pues tenemos necesidad de justificar nuestros conceptos ante el pensamiento teórico, mas éste no se satisface plenamente sino con el rigor científico; pero nos es imposible dotar a cada una de nuestras convicciones de una certeza científica establecida personalmente. De hecho, nuestra inteligencia, nuestra facultad de discernimiento, están guiadas a menudo por el crédito que damos a tal o cual autoridad: autoridad de los libros, autoridad científica, autoridad religiosa, autoridad de grupo social, autoridad de un hombre. Esa confianza, esa elección de una instancia reconocida, no es el término de un razonamiento.
La convicción nos lleva a la elección de la acción que compromete a toda nuestra persona, es decir, nuestro pensamiento, nuestra voluntad y nuestras tendencias afectivas; éstas forman parte de la formación de ese juicio; nuestras atracciones y nuestras repulsiones lo influyen, sin que siempre seamos conscientes de ello.
Toda convicción, aparte de su aspecto lógico, tiene un fondo psicológico y, en cierto modo, religioso. Concuerda con una opción fundamental y además dominante. Según esos conjuntos de motivos sean sanos o neuróticos, nuestros juicios lo son también. Ahora bien, la adhesión al método natural, trátese de educación física, medicina, obstetricia, higiene o sicopatología, es una de esas opciones generales que corresponden a la vez a la iluminación y a un compromiso. No ver en tal ejercicio, tal explicación terapéutica, tal particularidad de régimen o de higiene, tal método de investigación o de acción psicológica, más que un procedimiento ingenioso, es rechazar de plano esa opción que es la confianza en la vida y en el orden natural, de donde las acciones naturales deben proceder.
Para quienes han adquirido esa confianza en el método natural, este principio es la evidencia misma: la vida del cuerpo y del alma, en un conjunto armónico, del que dependen todos sus detalles, toma un sentido, como una sinfonía; a los que no perciben tal significado les cuesta comprender algo que los primeros ven en todas partes y los segundos en ninguna.
En muchos casos, la lectura de una obra trae la convicción, pero eso permite que se plantee la pregunta: ¿por qué? ¿Por qué la convicción de tal persona y no la de tal otra? En esta lectura misma, ¿qué tema le impresionó? ¿La explicación del origen de tal enfermedad, el ejemplo de tal curación, el deseo de un orden de vida, el amor a la Naturaleza, el atractivo de una existencia sencilla, la rebelión contra los excesos de la medicina farmacéutica y de la cirugía o el temor a los excesos de la civilización? ¿O bien la necesidad de un sistema de reglas, o la atracción por las privaciones?
La adhesión del espíritu tiene, a menudo, un origen afectivo, sea por oposición — por ejemplo, necesidad de liberación con respecto a un medio burgués—, sea por sugestión —la influencia de un amigo—, sea por admiración —la confianza depositada en un médico, con lo que eso puede significar de transferencia afectiva.
La aceptación del método natural puede estar a veces viciada por motivaciones neuróticas, como la necesidad de rodearse de prohibiciones, que aseguran otras fobias, disfrazándolas, y, naturalmente, los frutos tienen el mismo valor que tenían las primeras. Son casos muy desalentadores, pero excepcionales. La comprensión del método natural puede representar una especie de iniciación, el acceso a la contemplación de un orden, la percepción de un pensamiento directivo del Universo.
A menudo, colegas nuestros que tienen alguna relación con nuestros pacientes nos manifiestan su sorpresa al encontrar una élite, una humanidad de buena voluntad, simpática y atractiva. Nuestra experiencia diaria está hecha de adhesiones que son resultado de juicios e instintos sanos. Cada uno da la impresión de una verdadera liberación que forma personalidades más reflexivas, más serenas y auténticas.
Seres que tengan una cierta frescura intelectual, la necesidad de simplificar su vida, una autenticidad constante e instintiva, son personalidades que tienen la osadía de ser originales. La fuente de toda originalidad es la relación íntima y viviente con las realidades naturales, es decir, original.
Es evidente que la originalidad tiene que dar lugar, aun sin quererlo, a las tiranías que conducen, interiormente, a las muchedumbres.
La sociedad ha tendido siempre a formar el espíritu de sus miembros con la influencia de los prejuicios y del espíritu de imitación; pero el condicionamiento de los cerebros se ha transformado en una técnica terriblemente eficaz con el desarrollo de la propaganda y la publicidad. La primera inspira a las sociedades totalitarias; la segunda, más sutil y difusa, a las sociedades mercantiles. En todo caso, tanto cuando las gentes son catequizadas y dirigidas, derrotadas por la penuria, resignadas a llenar formularios y hacer colas, como cuando se dan a comprar mucho y, para tener con qué, a producir mucho, es decir, a malgastar y a fatigarse, se someten a un condicionamiento alienante.
Dicho de manera general: la autoridad, ya sea estatal, es decir, centralizada, o patronal, es decir, feudal, o administrativa, o profesoral, o aun religiosa, desde el momento en que acapara el derecho de pensar por sus subordinados, tiende no sólo a someterlos, sino también a envilecerlos, y con eso llega pronto a fabricar los mismos productos innobles: la adulación y la delación. Las dominaciones alienantes se las arreglan para encontrar complicidades en cada uno de sus sujetos, y si éstas son esclavizantes hasta ese punto es porque son las de sus propias estructuras neuróticas.
Pero para tener la fuerza y la autoridad de recusar los sistemas humillantes deben tener el deseo, la necesidad, la capacidad y la voluntad de reflexionar, de ejercer su propio juicio, de hacer una elección, de perseguir un propósito, de asumir un destino, de elegir el sentido de la vida, de sentir, de pensar y de querer por uno mismo; no hacer como todo el mundo, resistir a la llamada de los reclamos, de las modas, de los prejuicios, de las ideas hechas, de los juicios de otros, de las violencias injustificadas, de las propagandas; en fin, sustraerse al condicionamiento, lo que exige una vigilancia clara y constante.
Es inútil resistirse a la tiranía exterior de los estereotipos si se está invadido por los conceptos dominantes, si se es esclavo en la forma de pensar, si se es inconsciente de sus propios deseos, si no se discuten los motivos que uno se imagina tener, si uno ignora el automatismo de sus costumbres. Rehusar convertirse en una termita, desear ser persona, es, ante todo, saber resistir a las imposiciones interiores, que reacción a la presión de la jerarquía o del medio por la sumisión o por la sublevación. La libertad no es auténtica más que para los que pueden mirarse a sí mismos desde lejos. Esto supone reflexión, simplificación; de alguna manera, una ascesis.

Es puro servilismo depender del universo mecánico, químico, industrial y de las modas científicas por intermedio del espíritu de imitación; el contacto de la vida con la Naturaleza es dignidad y buen sentido. La condición es el rechazo de las sugestiones de falsas necesidades.
Si no, ¿por qué fumaría uno sin poder liberarse? ¿Por qué el deseo y después la necesidad de la embriaguez, leve o fuerte? ¿Por qué congelarse, quemarse, sufrir de los pies, nada más que porque la moda lo impone? ¿Por qué escuchar un programa que uno clasifica después de idiota? ¿Por qué, renegando de fatiga, mezclarse a las muchedumbres donde ellas se amontonan? ¿Por qué, para oxigenarse el domingo, imponerse recorrer dos trayectos entre el humo de los coches, separados por un largo almuerzo en una sala atestada de gente? ¿Por qué llenarse de tantos objetos inútiles impuestos por la publicidad? ¿Por qué dejarse atrapar por el ambiente afrodisíaco que necesitan y mantienen ciertas prosperidades comerciales? ¿Por qué ligarse a las obligaciones familiares, a las exigencias de la amabilidad popular, a las llamadas obligaciones mundanas, a las costosas sujeciones del esnobismo, cosas todas que a uno le producen fastidio y le molestan? ¿Por qué esa complicidad entre la escuela y los padres para encerrar y embrutecer a la infancia, aterrorizándola por el sistema de malas notas, que destruye el gusto de saber, ahoga la curiosidad intelectual e impide la alegría de descubrir y el espíritu de equipo? ¿Por qué tanta resignación al ser tratado de cualquier manera por la administración, en el hospital, en la empresa; por qué el temor recíproco y arisco de la relación personal abierta?
Nada se hará sin plantear las cuestiones fundamentales que se conceden detrás de los problemas, pues todos tememos, más o menos, poner en tela de juicio nuestra timorata ignorancia y desenmascararnos a nuestros propios ojos y a los de los demás. Salvo para unos pocos, las motivaciones fóbicas se esconden detrás de las soluciones, los programas y las estructuras que permiten quedar bien al amparo de la única realidad, que es interior: los cambios de orientación política, de programas, de sistemas, de organizaciones, son soluciones de evasión, puesto que en el fondo no cambian lo esencial.
Sólo un espíritu nuevo puede actualizar los problemas, renovar la civilización, renovar el ser. Ese espíritu es el respeto a la vida; es decir, a la persona. Es el amor a la creación, la actividad mental en vela que sostiene la flexibilidad viva del pensamiento y del cuerpo. Es, ante todo, la espontaneidad de la inteligencia, de la sensibilidad y de la voluntad. Es la escuela activa la que abre al niño el campo donde se ejercitan y se desarrollan sus facultades personales y sociales, lo que requiere un fraccionamiento de las clases y de las instituciones escolares, una liberación de la personalidad de los maestros y una orientación de los padres. Es una enseñanza superior que sea humana, formativa de probidad y amplitud intelectuales, que dé al estudiante una actividad útil y concreta, que cree intercambios entre generaciones y medios diversos, acostumbrándolo a la investigación en común, enseñándole a servirse de los libros más que a memorizarlos. Es el mismo espíritu que, transformando el propósito, hará aparecer como monstruoso, absurdo y costoso el cinismo de los espíritus que se creen fuertes. Es la humanización de los servicios públicos, liberados de la deformación jurídica y desconfiada, a la cual responde la irritación de los administrados. Es la transformación de la medicina, pública o privada, por el respeto y la confianza con respecto a la vida, la valorización de la relación entre el que atiende y el atendido, la claridad de revisión interior del uno activando la del otro; es la formación interior del médico, la comprensión de su obra esencial, que es liberar la vida y las vidas, abrir puertas en la personalidad, desplegar las riquezas del cuerpo y del psiquismo. Es en todo y en todos la liberación de la realidad viviente, de la espontaneidad creadora, de esa verdad vivida que es la autenticidad. Los cambios de estructuras válidos serán el resultado, no la fuente.
La práctica de un cierto respeto a la vida da la aptitud de cambiar la manera de plantear preguntas, que no es más que el medio por el cual se da entrada al prójimo, a las realidades naturales y a sí mismo.