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Sobre la memoria y su relación con la homeopatia

Sobre la memoria

De hecho, uno es lo que es porque es su propia memoria. No se necesita ser un lince para advertirlo.

Los filósofos clásicos — los de anteayer e incluso también los recientes— no han insistido tanto en el tema como sería de desear. No es cuestión de lamentar la deficiencia. Al fin y al cabo, el asunto recae en el área de los neurólogos: la memoria, hasta el punto en que el término es científicamente válido, depende de lo que en mi época escolar llamábamos el sistema nervioso central. Hablo como profano, y quizá meta la pata. Pero una de las mayores convulsiones culturales de la Europa moderna se produjo cuando un personaje genial, llamado Freud, abandonó el estudio de la substancia gris para dedicarse a especular sobre sueños e histerias. Lo más parecido al "alma inmortal" escolástica, salvando cuantas distancias se quieran, son los complejos, el inconsciente, el ego el id y lo demás. El freudismo es una rama de la metafísica, dicho sea, con todos los respetos por una parte y por la otra. Sea como fuese queda pendiente lo de la memoria. E insisto: uno es quien es porque no ha olvidado que es, y que es "uno".

Podríamos llamarlo identidad, y ya es un término de connotaciones confusas. Se impone enseguida el riesgo de un daño nervioso: la amnesia, cualquiera que sea su causa, traumática a menudo, o, lo que es más sobrecogedor, una tara genética. La identidad, el hecho de que yo cada día me reconozca ser yo, y usted se reconoce usted, y sin que haga falta que nos miremos al espejo, depende de la memoria. Incluso lo del espejo es simple memoria de la propia imagen. Hasta ahora nadie ha explicado de manera convincente el mecanismo de la memoria, y las cotorras de la filosofía esquivan el problema con una desfachatez ignominiosa. El mismo Wittgenstein da la memoria por supuesta: su crítica de la lógica, y sus novedades lógicas, tendrían que haber comenzado por ahí. Cuando el Kant senil tenía ganas de mear por la noche, se desplazaba de la cama al retrete con una cuerda atada a la pierna, para después orientarse y recuperar el colchón. Lo explica De Quincey. El "cerebro" que especuló sobre la "razón pura" y la "razón práctica" acabó en puta memez. Y algo similar es el destino de cada cual.

Y, ya que he evocado a Kant, no le regatearé ni un ápice de su gloria. Al contrario. Sin Kant hoy no seríamos lo que somos. O sí, pero de otra manera. Es muy dudoso que, en los recuentos históricos, todo quede reducido a precios, salarios y otras cuantificaciones parecidas. Ni Marx lo admitía. Hubo un Kant, y Kant además de ser una eventualidad susceptible de ser suplida —¿por quién? —, pudo haber sido un provinciano de Nápoles o de Barcelona. De acuerdo. Pero Kant fue Kant: un "cerebro con patas" antes que nada. Como Marx. No intentó reducir la cuestión a neuronas, e incluso sospecho que nadie sabe lo que es (en el supuesto de que el vocablo siga siendo académicamente válido). Pretendo insinuar que, para una reflexión meticulosa de todo lo humano y lo divino, tendríamos que empezar por poner en tela de juicio los propios mecanismos de esa reflexión. Razonamos, y ¿qué es razonar? Una vieja convención, presocrática, nos coloca ante esa pregunta. Los racionalistas —y yo me apunto a la cofradía— ¿por qué damos por explícito algo tan susceptible de perplejidades como es la razón?

¿Qué es la razón? Los racionalistas somos los primeros en hacer trampa. Lo único que nos salva es que los otros, los irracionalistas, han dado resultados peores. La práctica sería la piedra de toque. Dos y dos son cuatro mientras el cuatro funcione, y lo que Newton afirmó lo corrigió Einstein, y Einstein gracias a Dios, será corregido. Humildemente, hemos de llamar razón a una momentánea capacidad de comprender. Parece una tautología, y quizá lo es. Comprender y razonar es lo mismo. Sólo que lo uno y lo otro pertenece a un singular episodio de la llamada evolución de las especies. No nos sería lícito achacar culpas al pasado. Sócrates charlaba por los codos en Atenas, argüía su nieto Aristóteles- "el conde don Aristótil estaba muy cansado porque había hecho un silogismo", decía una burla medieval —, santo Tomás meditaba en gregoriano, Descartes "dudaba" a medias, Voltaire se reía y sólo se reía, Heidegger y Sartre se divertían con el "ser", y el "tiempo" y la "nada". Eran posibles clientes de manicomio. Uno de ellos, Nietzsche, sopló el gran pífano de su "locura"...

Nada más lejos de mi ánimo que estipular juicios de valor en lo que llevo dicho. Tímidamente desearía contribuir a reducir la razón a unos términos irónicamente razonables. Dentro de los cuales se integra lo irracional. Desde el punto de vista humano ¿hay algo más irracional que el hombre, justamente porque se afirma racional? Eso que designamos — los que podemos designarlo así— razón, en última instancia sólo es una memoria prolongada. Una de las facetas de esa memoria es el lenguaje, y ahí volvemos a empezar a tropezar, no con las grotescas rapsodias existencialistas de Sartre, sino con el secreto y divino Wittgenstein. Más o menos contemporáneos, Wittgenstein y Sartre serían unas insignias filosóficas. Fueron, y son, fundamentalmente, unas memorias a la vez personales y colectivas. Y, por lo demás, todo eso es secundario. Lo que cuenta es que yo soy yo porque recuerdo que soy yo, y si lo recuerdo es porque hay unas células determinantes. Si hay un determinismo aceptable es el biológico. Y no lo es todo.

Mas tarde, en 1988, el inmunólogo francés, Jacques Benveniste afirmó en la revista Nature que las moléculas de agua tienen la capacidad de almacenar y recordar las propiedades de sustancias que han estado en contacto con ellas, incluso tras diluirse repetidamente, a esto lo llamarón la “memoria del agua”.  Mas tarde el investigador japonés Masaru Emoto popularizó una vertiente más mística, sugiriendo que el agua formaba cristales hermosos al exponerse a palabras positivas (como "amor"). Inmediatamente -algunos de- la comunidad científica rechazaron categóricamente esta afirmación porque sostienen que el agua líquida no forma estructuras ordenadas que duren más de unas fracciones de segundo, aunque sí, el hielo. Pero, si es así ¿qué estructura mantiene la memoria?, si tenemos cerca de un 80% de agua ¿Dónde va a estar almacenada la memoria más que en esta molécula que rompe todos los cánones de la física y de la química? Pero como esta teoría era una forma de demostrar el funcionamiento de la homeopatía, todos los negocionistas de la época vieron peligrar su “medio de vida” y aportaron el dinero suficiente para que las marionetas de la ciencia se moviesen en su contra. Mas tarde Luc Montagnier, virólogo francés y ganador del Premio Nobel de Medicina en 2008 por codescubrir el virus del VIH, volvió a causar un enorme revuelo científico al retomar y defender la polémica hipótesis de la memoria del agua y las altas diluciones. Los experimentos de Montagnier con diluciones seguían una metodología específica orientada a demostrar la existencia de señales físicas en ausencia de materia como son las partículas sin masa (fotones, bosones, etc), ondas o luz. Montagnier afirmaba que estas soluciones ultradiluídas, tras ser agitadas fuertemente, emitían ondas o señales electromagnéticas (SEM) de baja frecuencia (como las que emiten todas y cada una de las células del cuerpo). Sostenía que el agua formaba "nanoestructuras" que imitaban y grababan de manera permanente la frecuencia del ADN. El experimento más radical consistió en grabar digitalmente esas frecuencias electromagnéticas en un laboratorio de Francia. El archivo de audio digital se envió por internet a otro laboratorio en Italia, donde se reprodujo el sonido mediante una bobina sobre un tubo de agua pura durante horas. Según Montagnier, al añadir las enzimas biológicas necesarias (PCR), el agua pura "reconstruyó" de la nada (aunque las ondas son algo) la molécula original de ADN guiándose solo por la memoria de la onda recibida. En la actualidad se realizan -a través de internet- análisis de oligoelementos, metales pesados y vitaminas mediante espectrometría (a menudo escrita de forma alternativa como espectroscopía, aunque con matices) es una técnica analítica fundamental en la física y la química, utilizada para identificar, cuantificar y analizar la composición de una sustancia o muestra. Teniendo en cuenta que, la “nada” no existe, que siempre hay de fondo un campo electromagnético, para el cual el conocimiento humano por su paraplejía intelectual no está preparado para comprender (o no le interesa), tendremos que esperar unos cuantos años más para que la física cuántica tome el testigo y sepamos donde esta y qué regula nuestra memoria y así poder recordar el devenir de la historia

Dicho de otra manera para poder entenderlo: el agua en nuestro cuerpo funciona como un disco duro en el ordenador. Los homeoterápicos son como los lápices de memoria o pendrives. □

 
 
 

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